martes, 28 de mayo de 2013

Invento #1

Madrugar me amarga. Es de las cosas que más odio del mundo y encima me avinagra el carácter (la expresión no es mía sino que se la oí a Evaristo Páramos en una entrevista que dio para Carne Cruda). Por eso desarrollé una técnica singular para esquivar parte de la dureza del madrugón: la siesta de después de desayunar.

Desde que trabajo no la he vuelto a practicar pero, cuando estaba en la carrera, me levantaba 15 minutos antes, desayunaba (por llamarlo de alguna manera, porque me levanto con tan pocas ganas de comer que el día que me consigo terminar un yogur ya lo considero todo un logro) y me echaba otros 15 minutos en el sofá. Un gustazo.

Sin embargo, con el tiempo descubrí que no era el único en el mundo que tenía este pequeño placer en su repertorio... Y es que, una de mis mejores amigas desarrolló un sistema parecido, sólo que ella se volvía a la cama y durante más tiempo, lo cual me hizo ver que era un simple aficionadillo de poca monta.

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